Capítulo  XX

 

 

 

 

              

         

 

 

 

 

 

                                   Desde que estaba en Cuba don Juan, aquél fue el

primer día en que Valentín hijo almorzaba con ellos. El padre aún no había llegado. Mercedes mandó a Sinda que sirviera la comida en el salón principal. Primero tomaron vino de California refrescado dentro de barricas de sal y arena mojada. Cuando apareció el primer plato − ensalada tropical con langosta −, Valentín se puso a preguntarle a don Juan sobre política: cuánto iba a durar Cánovas, si era verdad que Elduayen había hecho salir de Madrid a la amante del rey, si Romero Robledo se había quedado con dinero de un ferrocarril... Don Juan contestaba con monosílabos o con generalidades que conocía cualquiera que leyera la prensa.

         − ¿No tenías tantas ganas de comer? Pues no paras… deja en paz a Juan − le reconvino Mercedes en tono cordial.

           Valentín hizo caso a su madre y engulló con ansiedad los trozos del asado que le acababa de poner Sinda. Pero al poco, siguió:

         − ¿Va a ir usted a la corrida de la beneficencia? – preguntó indolente.

         − Sí, me ha invitado tu padre a vuestro palco.

         − Yo aborrezco la fiesta, no es digna de un pueblo civilizado.

           Don Juan iba a replicar, cuando Gamazo apareció en la puerta del comedor. Silbaba triunfal, traía bajo el brazo un manojo de papeles. Al ver a su hijo sentado en la mesa, aplacó su expresión de contento y con voz alta se dirigió al embajador:

         − Agüero y don Límbano han sido fusilados esta madrugada. Por fin nos vemos libres de esas alimañas sanguinarias. Me lo acaba de contar don José en el Casino. También han pasado por las armas a dos maestros que tenían escondida la dinamita en su escuela.

          − ¿Dos maestros?… ¿y la tenían con los niños allí? – preguntó, con la boca abierta, Mercedes.

          − Sí. Ella era hija de un subteniente retirado en Santiago de Cuba. Él, no lo sé.

            Mercedes hizo la señal de la cruz: “Dios los perdone”. Valentín hijo se quedó mirando a su padre sin expresión, tomó agua, hundió la cabeza en el plato y siguió con la comida.

         − Mira lo que han echado este mediodía. La Habana está inundada.

           Valentín extendió a don Juan una de las hojas. En grandes letras de imprenta podía leerse: “Don Carlos Agüero y don Límbano Acebes torturados y asesinados por defender la libertad. ¡Cubanos, levantaos contra la tiranía!”. Don Juan no terminó el panfleto. Se lo pasó a Valentín hijo; éste siguió masticando, adelantó la barbilla, miró por encima el papel y lo dejó sobre la mesa sin tocarlo. Tomó el postre en dos bocados, después  se levantó.

         − Perdona, papá, que no te espere, tengo un examen de Civil esta tarde. Don Juan, mis disculpas.

            Besó a su madre y salió del comedor.

            Gamazo contó las peripecias de Pastorín durante el registro de las escuelas.

          − O sea, que tenemos la dinamita, pero no a los anarquistas catalanes – resumió don Juan.

          − Así es, los maestros se negaron a hablar. Aunque sin el explosivo, poco podrán hacer esos matarifes.

            Terminaron de comer. Don Juan, olvidando la hora sagrada de la siesta, se marchó con Valentín al casino. Estaba ansioso por ver a Pastorín y felicitarle. Durante el camino, Gamazo le contó que se proyectaba un homenaje a don José y a Pagliari; el Capitán General pensaba condecorarles.

           Al llegar, entraron en la sala de lectura; encontraron a Pastorín adormilado en una butaca. Gamazo le dio con el bastón de bambú un ligero golpe en la rodilla. Don José abrió los ojos y se incorporó.

         − Transmítale a Pagliari mis felicitaciones – dijo don Juan.

         − A don Julio no es fácil verle hoy, está detrás de Herlizer. Creemos que los panfletos se han imprimido en su yate, en la máquina que tienen allí sus corresponsales. Esa tipografía no la hay en Cuba.

 

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