Capítulo XVIII

         

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

                            Pastorín llegó a casa de Gamazo sobre las cinco de la

tarde. Le abrió Sinda. Preguntó por el dueño o por don Juan. La esclava le dijo que el señor había salido.

         − Avisa a don Juan.

         − Estará descansando.

          Pastorín la miró con tal severidad, que Sinda se dirigió, veloz, al piso de arriba. Golpeó con cuidado en la puerta. Don Juan, amodorrado en la butaca, se levantó, fue al baño para refrescarse, se compuso el atuendo y salió al pasillo. Desde lo alto de la escalera, vio a su amigo caracoleando entre las macetas del patio como un caballo contento. Cuando le tuvo más cerca, notó en sus ojos que la tensión era mayor que la euforia. El marino le cogió del brazo y le condujo a la puerta de la calle.

         − Agüero está en La Cabaña.

         − ¡Por fin! ¿Cómo ha sido eso?

         − Le arrestaron a él y a don Límbano hace tres días, al sur de Matanzas. Los informes de los esclavos resultaron buenos.

         − ¿Y la dinamita?

         − No se ha encontrado. Ni don Límbano ni Agüero dicen saber de ella. Pero ya veremos si saben o no saben…

         − Si la dinamita sigue por ahí, el peligro no ha desaparecido.

         − No se preocupe, Pagliari tiene a un capitán Flores que hace cantar a las piedras.

         − No me gusta la tortura − sostuvo rotundo don Juan.

         − Ni a mí. Salvo cuando hay demasiado en juego y aprieta el tiempo. Aquí está la vida de muchos inocentes que pueden saltar por los aires. Hay que elegir entre dos sufrimientos, creo que está claro que debemos optar por hacerle el daño a los que lo quieren provocar.

         − También puede uno abstenerse de torturar.

         − Entonces se toma el partido de los asesinos, al dejar indefensos a los inocentes.

          Pastorín miró por primera vez a don Juan con una brizna de decepción. El embajador lo advirtió.

         − El que hace estallar una bomba en medio de una muchedumbre es un monstruo. De acuerdo. Pero el Estado no puede rebajarse al nivel del monstruo y torturarle por ningún motivo, ni imponerle más penas que las del código.

         − El Estado, el Estado,… ¿dónde está ahora el Estado? Tanto yo, como Pagliari, no somos más que simples individuos que tienen que elegir en muy poco tiempo entre salvar vidas de inocentes, que están bajo su responsabilidad, o dejar que esos monstruos las destrocen.

         − Nos van a acusar…− dijo don Juan con voz débil −. La reacción internacional, si eso llega a saberse…

         − ¿Qué le vamos a hacer? Los que nos acusen no tienen el problema, ni les afecta...

         − Sin embargo, las garantías jurídicas…− volvió a insistir don Juan, con voz aún más débil.

         − Deben estar vigentes siempre, pero le repito, salvo en casos excepcionales, o sea, cuando resulten proteger al asesino más que a la víctima. Yo no he torturado nunca… y me repugnan los verdugos. En Cuba sólo se hace de forma esporádica, si no hay más remedio. Pero en este caso, aquí y ahora, ¿qué hacemos?, ¿dejamos que la dinamita produzca una masacre?

         − ¿Y si él no la ha traído, como dice? ¿Y si no sabe dónde está?

         − La dinamita la ha traído él. El hijo de Quirós casi vio meterla en el barco. Los de Cayo Hueso están más eufóricos que nunca con el “próximo acontecimiento” de la guerra científica. Los indicios son muchos. Además, Agüero incluso sin dinamita, tiene un historial de asesino suficiente…

         − ¿Y usted qué piensa a hacer?

         − Ahora mismo me voy a La Cabaña, esperaré hasta que cante para actuar lo antes posible. En estos casos, el tiempo es clave. No creo que todavía sepa nadie que están detenidos, la cosa se ha hecho con mucho sigilo. Sobre todo, no deben enterarse los corresponsales americanos.

           Pastorín dejó a don Juan al atardecer. Se dirigió hacia la ciudadela de La Cabaña. Una vez allí, cruzó el puente que salva el foso, atravesó la plaza de armas y entró en el cuartel principal. Preguntó a un teniente de guardia por el coronel Pagliari. Le dijo que estaba en los calabozos, al final del ala izquierda. Cruzó patios, recorrió galerías, bajó a los sótanos, hasta llegar a la mazmorra principal. Le abrió un sargento de la guardia civil. La habitación era circular, toda de piedra, con un gran pilón en medio. Por los ventanucos entraba olor a salitre. Dentro estaban Pagliari y el capitán Flores. Agüero se encontraba sentado en un taburete, con la cabeza pegada al pecho, el uniforme de almirante raído y sucio, desabrochada la camisa. Flores le cogió del mentón y le levantó la cara:

         − Saluda a don José, que viene a que le digas cosas.

          Agüero miró con una expresión vacía, enrojecidos los bordes de los párpados, hondas las ojeras. Pastorín hacía años que no le veía. Llevaba meses tratando de refrescar la cara del rebelde, la única imagen que pudo rescatar fue la de alguien rubio con ojos azules. Delante, sin embargo, tenía a un espantajo pajizo.

         − Llevas dos días sin dormir, Carlitos… y sin comer – dijo Flores dándole un tirón de la casaca.

          Don Julio Pagliari, un poco apartado, sentado en el borde de una tinaja, encendió un puro.

         − ¿Dónde está la dinamita? – continuó Flores.

         − No sé nada… nada…− balbució Agüero, como un niño que quiere que el padre le deje dormir.

         − Sí lo sabes… y me lo vas a decir.

          Flores le dio una bofetada que proyectó la cabeza del almirante desde el pecho hasta la nuca.

         − Eres muy valiente, lo sabemos. Pero, por favor, cuéntanos algo de la dinamita. Tenemos prisa. Si dentro de dos minutos no hablas, vas al potro, a crecer un poquito.

          Flores se volvió y miró a Pagliari. El coronel le hizo una seña para que se acercara.

         − ¿Cómo lo ve?

         − No creo que tengamos que esperar mucho. Éste suelta lastre al primer giro del torniquete.

          Pastorín  miró a un lado y a otro, dio unos pasos hacia atrás, carraspeó. El coronel fruncía el ceño como si le molestara el humo en los ojos.

         − Don José, ¿quiere usted avisar al capellán? – solicitó Pagliari en voz alta.

         − ¿Dónde está?

         − En el piso de arriba, en la sala de oficiales.

          Salió rápido Pastorín. Después de andar unos metros, oyó un alarido animalesco dentro de la mazmorra. Avivó el paso, subiendo las escaleras de dos en dos. Mientras iba por la galería, pudo oír un segundo grito desgarrador. Llegó a la sala, buscó una sotana. Al final de la barra del bar, estaba el capellán leyendo el periódico. Fue hacia él a paso ligero.

         − Padre, don Julio quiere que baje.

         − No se apure, hace eso siempre. Mata dos pájaros de un tiro: asusta al misacantano y aleja al novato.

         − Pero, entonces, ¿no va a venir?

         − Tómese una copa conmigo. Cuando la terminemos, le acompañaré.

           Pasado un cuarto de hora, bajaron a la mazmorra. El capellán cedió el paso a Pastorín.

         − Entre usted, yo espero aquí a que me llame don Julio. Seguro que no hay necesidad de mis servicios.

          Una vez dentro, Pastorín vio a Agüero sobre una tabla cubierto con una manta, tendido boca a bajo, la ropa esparcida por el suelo. Daba unos quejidos broncos, continuos; levantaba el torso, estiraba el cuello, se desplomaba. Pagliari notó la cara alterada del marino, y le dijo:

         − Ha probado mucha menos medicina de la que él quería distribuir entre los inocentes. No se preocupe por este canalla, no se deje enternecer por su dolor. Seguro que brindaría o daría vítores a la patria el día que la dinamita dejara sobre el suelo niños descuartizados o mujeres destripadas, el día en que los trozos de carne humana hubiera que recogerlos encima de los parterres. Mientras ha durado la sesión, he tenido esa imagen en mi cabeza.

          El capitán Flores permanecía en un rincón dedicado a recoger instrumentos metálicos. El sargento lavó algo en la pileta; después, echó cubos de agua sobre las losas de piedra para quitar el olor a orines.

          Pagliari rompió el silencio.

         − El atentado está proyectado para el día de la corrida de la beneficencia. En la plaza de toros, no en capitanía. Deben hacerlo los anarquistas catalanes. La dinamita la tienen en una escuela de la Habana. No sabe en cuál. En fin, hay unas treinta. Habrá que buscar una por una, desde ahora mismo.

         − ¿Y qué pintan en esto los catalanes? – preguntó Pastorín.

         − El comité nihilista de Marrero es anarquista… Habrán tenido que recurrir a los camaradas de la madre patria.

 

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