Capítulo VII
− ¡Puta
gitana, esto no me lo vas a hacer más!
Decía Juanito a Victoria,
mirándose al espejo en el cuarto de baño. Toda la noche la pasó despierto,
sacudido por la vergüenza, maquinando venganza. ¡Que una hija de puta gitana
pusiera en ridículo a un legítimo noble español era afrenta que no podía quedar en nada! ¡Y por un poetastro cubano!
Su imaginación tramaba violarla, apalearla, dejarla desnuda abandonada en la
nieve para que no encendiera más su mente. Con la cara llena de jabón, la
navaja de afeitar dispuesta para iniciar el corte, hizo una mueca que se
convirtió de repente en risa forzada. Abrió con desmesura la boca,
enseñó los
dientes de fiera, propinó sablazos y mandobles a la mujer que había
detrás del espejo. Sólo cuando empezó a entonar su canturreo amigo, volvió a la
realidad e inició el afeitado. Hoy el canto era mustia,
monótona letanía salpicada por elevaciones periódicas, como los rosarios de las beatas.
Don Juan, tras una noche
feroz de insomnio, oía desde su habitación la cancamurria del sobrino pensando que ya cantaban los frailes el gori-gori
de su entierro. Extrañaba la cama, no acababa de acostumbrarse al olor de la nueva
casa. Hacía una semana que se habían mudado a la
Avenida de Massachusetts 1447.
Era una vivienda
todavía modesta − pero más alegre − para la que estaba
comprando muebles decentes asesorado por Catalina. La dueña había dejado en la casa una máquina de coser y, en la cocina, una caja inmensa donde las carnes se podían
tener en hielo. Total, por 150 dólares al mes. No era mal negocio,
debía agradecérselo a los buenos oficios de su amiga.
Juanito bajó a desayunar a
las once. Apareció fresco, sin ojeras, despidiendo perfume parisino. Llamó al criado.
− Víctor, vas a ir a la
floristería Passtich por dos docenas de rosas, les pones mi tarjeta y las dejas en la embajada británica. Cuando
vengas de allí, te pasas por casa de Miss Mc Ceney y le das esta bomba, que es
de su
biciclo.
− Señorito, me debe usted treinta duros de otras veces. Si no me da el dinero, no
iré. Además tengo muchas cosas que hacer − refunfuñó el criado.
− Desgraciado − montó en
cólera Juanito −, tu estás para hacer lo que yo te diga; y de dinero no
hablemos, que gracias a la cachaza de mi tío te mantienes aquí. Si él quisiera,
volverías a Salamanca a cuidar cochinos, que es tu destino natural.
Víctor enrojeció; miró a Juanito con malas intenciones. Su complexión fuerte, rechoncha, se dirigió
amenazante hacia la frágil figura del agregado. Pero en ese momento entraba en
el comedor Therèse, la cocinera, con la bandeja del desayuno en las manos.
Acostumbrada a este tipo de altercados, impuso el orden, y concluyó:
− Usted, don Juanito, dele
el dinero a Víctor; y tú, Víctor, ve por las rosas, que aquí no hay mucho que
hacer.
Resuelta la trifulca, después de desayunar,
entró el agregado en la oficina. En su mesa le esperaban varios
asuntos de trámite. Convencido de que nunca escribiría bien el inglés, había
decido contratar trabajo mercenario. Se acercó,
melifluo, al criado Andrés, que limpiaba las ventanas. Le dijo: "Mañana te
pago. Pero, por favor, hazme este despacho ahora". "Después de la tarea", le contestó el
criado. Andrés tenía una novia americana, era despierto y hablaba el mejor
inglés de la embajada. Escribía con una letra preciosa, de firme dibujo, sin
cometer faltas de ortografía. Justo lo contrario de Juanito, que emborronaba mil
cuartillas con membrete oficial hasta conseguir algo
decente. Después de convencer al criado y dejarle sentado en su mesa, Juanito se dirigió a la de Paco
Bustamante, enfrascado en resumir la prensa, que aquel día venía
interesante.
Paco se levantó y fue a mostrarle las noticias a don Juan. Ni miró a Juanito
cuando éste le propuso dar un paseo por el Mall. El
sobrino, al ver que no se le hacía caso y que allí se trabajaba, trató de
escabullirse hacia la puerta de la calle. Su tío, desde el despacho, le llamó.
Don Juan vio a su sobrino dirigirse hacia él esplendente, repeinado, con la piel
descansada y porosa, la ropa recién planchada.
− ¿Necesitas algo? Voy de
compras − dijo Juanito solícito.
− ¿Has terminado los
informes? Esta tarde tienen que estar listos.
− Eso lo hago yo en un
santiamén después de comer.
− ¿Y no vas a dormir la
siesta?
− No te preocupes... igual
me los hace Bustamante, son poca cosa.
− No te he visto sentado a
la mesa de trabajo ni un solo día. No digo que tengas un horario fijo, como un
oficinista, pero el papeleo mínimo sólo se puede hacer si uno lee, escribe y
despacha.
− Tío, no te enfades
conmigo. Sabes que odio los papeles, que no se me dan bien; además, tengo
alergia al polvo de los papiros. Mi madre te ha dicho lo malo que me ponía de
pequeño cuando cogía los libros de la biblioteca de mi casa. Ya no tengo esos
ataques respiratorios, pero no debo exponerme... Por cierto, Víctor no quiere
limpiar a fondo los cajones de mi armario. Debes recordarle cuáles son sus
obligaciones.
− Tienes que dar ejemplo. No puedo permitir que te vayas de paseo mientras los
demás cumplen con su trabajo, y menos que les mandes tareas que te corresponden.
Si quieres salir, preséntame el informe.
− (...)
− ¡Cállate! − le gritó don
Juan.
− ¡Si no he dicho nada! −
protestó Juanito.
− Pero te oigo pensar.
− Si me oyeras
pensar, no escucharías más que cosas buenas para España.
− Por ejemplo…
− Que hay que
poner vigilancia al cubano. Está claro que es un individuo peligroso.
− ¿Para quién? Yo creo que no
es más que un poeta; exaltado y febril con las palabras, pero, como todos,
torpe en los mecanismos prácticos de la vida.
− Pues yo le veo cara de
clandestino. Nos odia.
− ¿Qué quieres?, ¿que
recurramos a los espías?
− Si eso no te gusta, o resulta
muy caro… puedes pedir informes al Capitán General de Cuba,
aprovechando que le vas a telegrafiar.
− Tú lo que tienes que
hacer es ponerte a trabajar.
Don Juan se levantó del sillón, fue hacia
la puerta y le cerró el paso con el brazo. Con gesto terminante le
señaló el camino de la oficina. El sobrino esbozó una sonrisa turbia de picardía
y se replegó hacia la oscuridad del pasillo.
Media hora
después, Juanito, aprovechando que su tío se había marchado, salió a la
calle. Se dirigió a la iglesia católica de Saint Matthew con la esperanza de ver
a Victoria. No era la primera vez que la acechaba en sus misas. Se arrodilló en
el primer banco, la cabeza
inclinada sobre el pecho, juntas las manos
en oración. La misma postura que de pequeño adoptaba en la capilla
de los jesuitas. Luego, fue a confesarse con el padre Conagan. Ante el buen cura
irlandés, inició la retahíla de sus pecados.
Le hablaba de sus malos pensamientos, de sus sueños horribles y, sobre todo, de Victoria: en algunos momentos
sentía ganas de matarla, para que no le tuviera más en una llaga viva, para que
no fuese de otro. El padre Conagan comprendía algo de castellano; así que, Juanito, mezclando su inglés infernal
− en el que declaraba
lo perdonable − con un andaluz suelto, velocísimo − en el que confesaba lo
imperdonable −, sumía al cura en una resignada actitud que podía condensarse en:
“dejemos a este muchacho que se desahogue”. “Diez avemarías a la Virgen”,
sentenció Conagan. A la hora de la comunión, el agregado se dirigió modoso, limpio como un
nardo, hacia el sacerdote, abrió, cándido, la boca y se dispuso a
recibir el cuerpo de Cristo.
Al acabar la misa, esperó dentro de una capilla lateral hasta que Victoria
saliera al exterior. Los fieles, en el claustro norte, charlaban con el padre
que, de grupo en grupo, despedía a su rebaño. Victoria aguardaba turno. Juanito
aprovechó el momento y apareció con la cara transformada por la ingestión de la
hostia, la mirada plena de recogimiento, la actitud mansa del santificado...
Cuando estuvo a pocos pasos de ella, aparentó volver en sí, reconocerla, y
regresó a este mundo de pecado; entonces, enfocó sus ojos perdidos y dijo: “¡Ah,
estás ahí! No te había visto”. Al instante, ya le estaba alabando el traje, la sutilísima colonia que sólo él
podía apreciar, el detalle floral de su sombrero. Se acercó el padre Conagan y
volvió el agregado a adoptar el aire místico. Cuando el cura se despidió, Juanito propuso a
Victoria acompañarla hasta la embajada. Horas doradas, pletórico, sin rival,
daba pequeños saltos delante de ella, haciéndola reír, sorprendiéndola con el halago: “Tienes el perfil de
Lillie
Langtry".
“Andas como una oca. Eres una oca. Un hada te ha transformado para que
me hechices”.
Cuando Juanito decidió parar de moverse y de hablar, Victoria le preguntó:
− ¿Te has comprado ya la pistola para el Oeste?
− ¿Qué Oeste? − contestó él con la boca abierta.
− ¿No os ha invitado Villard?
− ¿Quién es ese Villard?
− El dueño del ferrocarril. Va a ir todo el mundo. Será muy excitante.
Juanito quedó sin saber qué decir, pero firmemente decidido a no perderse
el evento. Continuaron
andando
hasta Tydal Basin,
allí echaron maíz a los patos. Luego cogieron una barca. Juanito
remaba resoplando, Victoria miraba indiferente a los cerezos japoneses de la
orilla.
Don Juan, por su
parte, había salido dispuesto a ir por cuarta vez en una semana a recoger los
pagarés firmados a Jessop. En dirección a la sucursal, caminó por la
avenida de Pennsylvania,
que ya no escondía secretos para él. Paró en la librería Thompson y compró la obra de
Lyell que le pidió Cánovas. Le costó un dineral. Caracterizaba
al Monstruo esa insensibilidad respecto a las finanzas ajenas. Pero,
bueno, poseía otras virtudes: gracias a él tenía el dinero de Jessop y, sobre
todo, el cargo, pues, como no se cansaba de pensar, hubiera sido lo más natural
del mundo que un conservador cogiera a uno de su partido para América.
Compró también un libro
de Flammarion sobre astronomía, debía familiarizarse con las estrellas en muy
poco tiempo.
Llegó a la puerta del banco, el botones le dijo que el director
no había llegado todavía. Don Juan, con paso decidido, rebasó al botones,
atravesó el vestíbulo y se introdujo en la sala de juntas. Le salió al
encuentro una secretaria, que le insistió en que su jefe no se encontraba allí.
Ante la mirada de escepticismo de don Juan, le abrió la puerta del despacho. Estaba vacío.
De vuelta en la embajada, tenía un telegrama cifrado procedente de Cuba. El
Capitán General le avisaba de la llegada de un hombre de toda su confianza,
astrónomo y marino, a quien encontraría en el Congreso del Meridiano.
Al día siguiente,
Juanito
buscó la invitación al viaje. Había llegado, pero nadie la consideró.
Trató de
convencer a su tío para que
hiciera las maletas. Don Juan se negó en redondo porque
tenía que asistir al congreso; también por
el reuma,
las incomodidades y los apaches. Pestaña renunció.
Por fin,
logró convencer
a
Paco;
éste,
como secretario
segundo,
iría representando a España. Juanito le acompañaría
de "attaché". No llevarían
servicio,
pero todo era gratis. A excepción del presidente, de la reina
Victoria y del zar, buena parte de la crema
diplomática, política e intelectual americana iba a asistir a la colocación del
último clavo en el Northern Pacific Railway, en Deer
Lodge,
Oregón...