Capítulo VI
En
Washington, los lunes recibían los jueces,
los martes Victoria, los miércoles la duquesa de Bonaparte, los jueves los
senadores, Clover Adams los viernes, los sábados Portugal, y Rusia... siempre. Guiado por Olga
y Nicolai,
don Juan llevaba una intensa vida social.
Al principio coincidió con
Catalina en algunas veladas; hablaban de literatura, de los caballos, de la
naturaleza; ella se quedaba poco tiempo; por el cargo del padre, tenía que acudir
a muchos compromisos. Luego se vieron más a menudo, sobre todo en casa de los
rusos. Una noche, vestida de blanco y plata, con guirnalda de capullos en el
pelo, sentada en un diván, Catalina cantó acompañada por el banjo la balada de Susan Jane. Don Juan le pidió un bis, pero ella fue a
preparar el ponche:
primero rodajas de plátano y piña, luego champán, después el brandy. Con un
fósforo triunfal, los ojos todavía emocionados por las canciones, prendió el
coñac. Olga trajo un cucharón de plata. Catalina le llenó la copa a don Juan y
se miraron con simpatía a los ojos. Al acabar la cena, formaron mesa de
bridge. Juanito no había aprendido la lección, seguía
jugando al bacarrá, fresca aún la paga. Victoria desplumaba al
embajador francés, Roustan, que no sufría demasiado, con tal de que fuera “Miss
Wonderful West” la que le ganara. Cuando se fueron todos, don Juan, Sir Lionel y Catalina continuaron con el bridge.
Terminada la partida, como la legación española quedaba lejos, ella le llevó en su landó.
Cerca de la plaza Lafayette, Catalina sacó un libro de su bolso
y se lo entregó a don Juan.
−¿Querrás dedicármelo? Me
lo recomendó mi amiga Clover Adams, ella conoce la literatura de tu país.
Allí tenía el embajador
su
novela más famosa. Los americanos preparaban una edición, le habían pedido
permiso, quizá recibiera algún dinero, pero no se podía imaginar que en tan poco
tiempo estuviera ya en las librerías.
− ¿De verdad que la has
leído? ¿Te he hecho llorar? − preguntó don Juan.
Catalina sacó un
lápiz dorado:
− Ponme una dedicatoria.
Él no se la pensó mucho:
“Nulla lacrima, laetitia”.
− No he llegado a
las lágrimas. Sí me he emocionado, me has hecho convivir unos días con el
corazón de tu heroína. Ahora conozco mejor la vida en España. No comprendo cómo
los sacerdotes católicos no se casan. Eso es una fuente inevitable de
conflictos.
− Y un filón literario...
−
apostilló don Juan.
Catalina alzó el cuello de su abrigo, se colocó el pelo detrás con rapidez,
frunció las cejas. Como si se preparara para recibir una revelación, le
preguntó:
− ¿Por qué no escribes otra
novela?
− Porque estoy seco.
− ¿No te inspira América?
− No depende del lugar. Aquí tengo
trabajo constante, no me puedo abstraer de mis ocupaciones. ¡Cómo voy a
escribir, si todavía no sé nada de la dinamita! Tampoco tengo tema…
− En Washington hay varias familias que
son una novela, y la misma Victoria. Por lo que he oído, su madre daría mucho de
sí.
− Buenas historias hay, pero
tienes que sentir un empuje misterioso que te lleve a una especial, aquella que
necesitas escribir. Y, la verdad, Pepita Oliva, aun siendo española, no me atrae
como para dedicarle unos años. Además, no tendría muchos lectores. Hoy hay que
escribir a la moda. Todo lo que no sea novela experimental, documento humano,
investigación zoopatológica…
− ¿Te refieres a Balzac? A mí
me ha gustado mucho "Père Goriot".
− No, a
Zola.
− No he leído nada de él, no
creo que lo hayan traducido.
− Pero no sólo él. Hasta mi amiga
doña
Emilia Pardo Bazán se ha hecho naturalista. Yo he visto novelas sin la
letra “e”, novelas sin verbo, novelas sin adjetivo; pero es más difícil
escribirlas sin libre albedrío en los personajes, sin que haya caracteres, sino
bestias humanas que, una vez lanzadas en determinada pendiente, van a parar al
"delirium tremens", al erotismo frenético, al furor uterino, a la manía suicida,
al instinto sanguinario de asesinar o a otros excesos. Todo lo que no sea el
estudio de la bestia humana, influida por ciertas circunstancias, es para Zola,
imaginación.
− ¡Qué horror! No lo leeré
jamás.
− En "Virus de Amor", el protagonista
es el morbo gálico. En más de trescientas páginas se pintan los estragos de esta
enfermedad en el cuerpo de una mujer llamada Alfonsina. No hay costra, ni tumor,
ni pus, ni horror, ni podredumbre que se quede en el tintero. Esta preciosa
novela está adornada con vómitos, diarreas y todo otro linaje de inmundicias;
amenizada con episodios de borracheras, hambres, indigestiones y cólicos;
incluso
encuentros de pederastas en una letrina.
Catalina escondía cada
vez más la cara en el cuello alzado del abrigo, hasta sólo dejar al
descubierto los ojos, que miraban a un punto sobre su falda, por donde parecían
desfilar todas las calamidades que llegaban a sus oídos. Don Juan quedó un
momento en silencio, esperando que ella dijera algo. Al fin habló:
− En este mundo hay mucho dolor, pero no debe aparecer en las novelas,
sino en los libros de espiritualidad. Yo, cuando voy a leer una, espero que me
conmueva, que me ensanche el corazón.
− Esa es
exactamente mi idea.
Wilson, el cochero de
Catalina, dio tres golpes en la cabina para avisar de que habían llegado. Don
Juan le dijo que esperara, entró en la embajada. Al poco, salió con un ejemplar
de sus "Cuentos y Diálogos".
− Tómalo, es para ti, te
lo regalo por haberme leído, por lo bien que te has portado esta noche conmigo.
Catalina, con cara divertida,
sin comprender, asomando por la ventanilla la nariz enrojecida por el frío, dijo:
− Nada especial, creo.
Quedaron en verse al día
siguiente en la tertulia de la jueza.
La casa de la jueza Chivers se hallaba en un suave montículo cubierto
de rosales. Al entrar, los invitados tenían que subir las escaleras abriéndose
paso entre jóvenes sentados en los peldaños, luego iban a los dormitorios, allí
dejaban abrigos y sombreros encima de las camas, y volvían a bajar, para
dirigirse a
la salita donde la anfitriona les esperaba sentada en un sillón, risueña,
rebosante de gasas negras, con un collar de perlas que ceñía su abultado cuello
como el grillete de una esclava castigada. Antes de conocerla, ya le había contado
Olga a don Juan que
Laura Chivers era demócrata liberal, viuda de un juez del Supremo, y siempre muy
bien informada sobre la política americana. Aquella tarde estaban invitados
España, Rusia, Portugal, Inglaterra y, por supuesto, los jóvenes casaderos de todas las
legaciones. Los miércoles recibía a otra porción del cuerpo diplomático. Se
ufanaba de que sus tertulias hubieran arreglado algunos conflictos
entre naciones. Como no había tenido hijos, le gustaba rodearse de doncellas y
pipiolos, asistir a sus cortejos, favorecerlos o impedirlos según aconsejaran
los astros. A cada joven le exigía, antes de admitirlo en su casa, la fecha de
nacimiento, el nombre de los padres y, si era posible, el punto cardinal al que
estaba orientada la habitación en la que nació. Con todo ello, elaboraba unas
cartulinas azules, decoradas con estrellas del zodiaco, que mantenía en secreto y
le servían para dirigir las operaciones.
Entró don Juan, examinó
las escaleras ocupadas por la flor de la edad. Todos hablaban con animación y,
entre todos, Juanito, que le cogió el abrigo para subirlo a los dormitorios. Ya
había visitado el embajador en varias ocasiones esta casa. Siempre acudía con agrado al reclamo, no sólo del
oporto espléndido, sino de las zalamerías que la jueza le dedicaba. Después de
beber la tercera ginebra, empezaba a llamarle "Bouquet" y le susurraba al oído:
“Es usted el único del cuerpo acreditado que tiene verdadera clase”; a
continuación, cogía sus bombones favoritos intentando introducirlos en la boca
del plenipotenciario.
Llegó Catalina, apenas
miró a los de la escalera; fue a saludar a la jueza. Vestía un traje gris
entallado, llevaba el pelo recogido en un moño de seta. Iba sin maquillar, con
una margarita en la mano, los botines llenos de barro, las mejillas encendidas.
Había paseado un buen rato por los parques aquella tarde de marzo, frente al
viento. Después de
besar a la jueza, le tendió la mano a don Juan, que pudo notar el halo de frío
que desprendía la joven.
− ¿Dónde has encontrado esa flor un
día como hoy? – le preguntó la jueza.
− Es de tela. La he cogido de uno de los
ramos que le dejan a usted en la puerta.
− Menos mal, creía que las
estaciones se habían trastornado.
Entraron en la casa Olga y Nicolai. Al cabo de un rato, todos hablaban con todos. La jueza llenaba las
copas, atizaba el fuego, trataba de aflojarse el collar...
Pidió a don Juan que recitara alguno de sus poemas. Él se negó de plano, no los
iban a entender. Y no sólo la barrera del idioma, no creía que fueran buenos.
− Si quieren ustedes oír algo
excelso, que recite Catalina − propuso don Juan.
Ella le miró confusa. Protestó.
También se negó. Entonces, Olga Tatiana, sin que nadie se lo pidiera, atacó el
monólogo de Hamlet. Nicolai rezongó, y mirando con resignación al fuego, dejó que su
mujer le tomara la cabeza entre las manos. Cuando ya estaba despeinado del todo,
se levantó de repente, cogió el atizador, y le dijo a Olga:
− Mátame ya. Aquí tienes el
puñal.
La carcajada general hizo
perder el hilo a la rusa, que sacó la lengua a todos y se inclinó para recibir
los aplausos.
− Catalina, por favor, ahora nos
haría mucho bien oírte a ti – insistió don Juan con una mirada de ánimo −. A la
jueza le gusta mucho
Tennyson.
Ella no
lo dudó en esta ocasión. Comenzó a recitar a su poeta favorito. La voz le salía
del pecho acariciante y honda. Durante las pausas, el silencio conservaba la última
palabra suspendida en todo su peso, vibrando con plena sonoridad. Don Juan no entendía
la mayoría de los versos, pero algunos le estallaban transparentes y completos.
Catalina, como un faro, pasaba sus ojos por las costas de la audiencia, y al
llegar a don Juan, lanzaba todo el caudal de luz para iluminarle sólo a él.
“De poco sirve que
como un rey incapaz/junto a este hogar apagado, rodeado de pedregosos
yermos/ligado a una esposa anciana, yo dicte e imponga/ leyes desiguales a una
raza salvaje/ que acumula, y duerme, y se alimenta, y no me conoce…”.
Don Juan ya había oído el
Ulises en otra velada. Como entonces, se sintió halagado y confuso.
Sabía que Catalina se lo dirigía a él.
Cuando
terminó el recitado, la jueza, desde
su sillón, con lágrimas en los ojos, le dijo a Catalina que se acercara. Le dio un
beso.
− Eres adorable,
muchacha. Nadie como tú para hacerme llorar.
Y mirando a don Juan:
− ¿No cree usted que estos versos
sólo los sentimos a fondo los mayores?
− Y las jóvenes con corazón, como
acabamos de ver.
A Catalina todavía le duraba el
estado de ánimo del poema. Era como si le costara salirse del papel del viejo
héroe. Su cara mantenía una expresión rígida, abatida. Don Juan la cogió del
brazo y le
apretó el codo con cariño. Ella volvió a la realidad sonriéndole con
dulzura. La jueza se levantó para avivar el fuego de la chimenea y les dejó solos.
− ¿Por qué te has
quedado tan triste? − le preguntó don Juan − . No es más que poesía. Tú no te pareces en nada al pobre Ulises. Yo sí
que tendría que estarlo y, sin embargo, mira el espíritu ecuánime de mi corazón
heroico.
− Tengo una constitución
melancólica.
− Pues yo te veo siempre
alegre, incansable.
− Es por temporadas.
− Serán los humores o los
planetas…− dijo él.
Desde la escalera, llegaban las risas
de los jóvenes rompiendo en oleadas sobre las cabezas de don Juan y de Catalina.
− No te debe importar dejarme aquí solo ¿Por qué no te vas con los
demás? − sugirió él con tono paternal, mirando hacia la escalera −. Una mujer joven
y bonita debe ocuparse de sus pretendientes.
− ¿Joven, con
veintisiete años? Moriré soltera. Se me ha pasado la edad. De todas formas,
aspirantes no me faltan – reconoció Catalina con una sonrisa
partida de orgullo y de tristeza.
− Pues sí, he visto a tu alrededor algunos mozos rubicundos.
− Aduladores... Ni uno me ama.
Don Juan la miró expectante.
− Uno me corteja porque le come la ambición: cree que hará carrera
política si entra en la familia. Otro, porque piensa que puedo ser su capricho,
su placer de algunos días. Lo que quiere es volver a California y contar una
conquista principal. El más guapo, por el dinero.
− En España decimos
que ése “huele dónde guisan”– observó don Juan divertido.
− Mi padre cree que no
puedo ser tan exigente. Según él, leo demasiadas novelas, tengo mucha
imaginación y eso asusta a cualquiera.
− Asustará a quien
no te merece. Las mujeres de espíritu deben encontrar a un hombre de espíritu.
− En América
hay pocos. Todos se dedican a hacer dinero.
− He contado
tres. ¿Ha habido algún otro?
− Sí, el primero, con dieciséis
años. Pero apenas duró, cambió mucho en poco tiempo.
− ¿Cómo se
llamaba?
− ¿Para qué
quieres saberlo?
− Para oír tu voz
al pronunciar su nombre. A todo el mundo le cambia la voz cuando nombra al
primer amor.
− Lo haré si
luego haces tú lo mismo.
Don Juan no se
atrevió con la prueba. Temía que, si su boca articulaba “Lucía”, Catalina notara
el crujido de la cicatriz.
− Se llamaba
Visitación – soltó el nombre de su criada, porque en cierto modo fue la
primera mujer de su vida.
− Cariño sí parece que
le tienes – afirmó ella con una sonrisa clara, y después de dudarlo un poco:
− El mío se llamaba George.
− Curada.
Don Juan fue por
una copa de ponche. Cuando volvió, ella le dijo con voz de curiosidad y gesto
misterioso:
− Hace unos días,
en casa de Henry Adams, el general
Grant estuvo todo el tiempo preguntándome por
ti. Tus gustos, tus aficiones… Como militar no es muy sutil, quiere saber cuál
es tu punto débil.
− ¿Y por qué te lo
pregunta a ti?
− Porque sabe que soy patriota, y cree que tú y yo
somos amigos – dijo Catalina mirando con franqueza interrogante a don Juan –. No
te preocupes, le he dicho que sólo te interesa la escritura, que un gran
autor como tú está por encima de negocios e intrigas.
− Bien, bien,
esos son mis principios generales – declaró don Juan,
mientras en su interior completaba la frase… “aunque hay casos en los que, sin
que sufra la honestidad, se puede amar el dinero legítimamente ganado o
libremente ofrecido por la inconstante fortuna”.
− Cree que tu debilidad es el
juego – dijo Catalina con una sonrisa divertida.
Don Juan se
quedó un instante sin habla. ¿Cómo había tardado tanto en descubrir la táctica
de Jessop? Ahí estaba la razón de la demora en el cobro de los pagarés. El
banquero guardaba dos papeles claros, indiscutibles, firmados por el
embajador de España, reconociendo una deuda considerable: retenerlos era su poder sobre él. Cuanto más tiempo los mantuviera en su mano, más coacción
ejercería la hermandad. Podía, incluso, mandarlos al World, que los publicaría
de inmediato, aderezándolo todo como una sabrosa historia de tahúr.
Catalina notó el estupor de don Juan.
− Le he dicho
que sólo juegas al billar y al bridge.
− Una sola vez he jugado
al póquer, en casa de Olga, antes de conocerte. Perdí bastante para mis
posibilidades.
La
jueza se acercó a ellos y le preguntó a don Juan:
− ¿No es cierto que
se queja usted del servicio de su embajada? Si quiere, puedo proporcionarle un
par de buenos criados, limpios y trabajadores; un matrimonio que ha estado diez
años con Medora Pitt y que, al morir ella, se encuentra sin trabajo.
− Lo siento,
señora, debo arreglármelas con las dos calamidades ibéricas que tengo. Los
galeones de oro no acaban de llegar a la plaza Lafayette. Estamos en la inopia.
Mientras se dirigían hacia el comedor, la jueza recordó algo:
− ¡Ah! Debe usted
conocer a un joven nuevo que tengo aquí. Me lo presentó Charles Dana, el editor
del Star, como "una promesa de la lírica latinoamericana". Es cubano, se llama
Ignacio Agramonte, y tiene unas estrellas estupendas.
Todos se encontraban ya
alrededor de la mesa, menos Victoria, que en las escaleras, con las
mejillas arreboladas y la mirada brillante, seguía absorta las palabras del
cubano. No quitaba ojo de la corta melena de Agramonte, de sus ojos pardos y
velados, de su tez pálida. El
espíritu humano es tan complejo que apenas acierta a distinguir los resortes
profundos que le impulsan a la acción: Juanito subió hasta el último peldaño y,
haciendo una cómica reverencia, extendió el brazo hacia Victoria:
− Dame la mano, ¡ oh
musa !, y deja en paz a las colonias.
El tono de Juanito no fue todo
lo jovial que pretendía, asomaba un desdén que no pasó inadvertido al poeta.
Victoria cogió a los dos del brazo y, riendo, bajó con ellos las escaleras. Ya
en el comedor, se dirigió a don Juan para presentarle a Agramonte. El saludo fue
breve, Ignacio le estrechó la mano de manera blanda y despegada.
En la cena hubo calidad,
pero el mantel de flores y las salsas picantes agradaron menos al embajador. A
los postres, la jueza trataba de mantener viva una conversación sobre los
balnearios americanos:
− En Newport, las
habitaciones disponen de luz eléctrica y baño. Hay bailes, carreras de
caballos, se conoce a gente de lo más variado; además, cada uno puede ir vestido como
quiera. Las personas, en la
playa, no
están obligadas a bañarse con esos feísimos trajes de presidiario − sostenía la dama, mientras simulaba el oleaje con
sus manos regordetas.
− Pues yo he oído contar
− intervino Juanito, mirando retador a Ignacio − que las
mulatas cubanas, medio desnudas, bailan danzas diabólicas en la arena durante
el plenilunio.
− Y yo he visto en Madrid
− replicó Ignacio airado − cómo señoritos
andaluces desnudaban a bailaoras gitanas en los colmaos agitando billetes. Las mulatas cubanas y las gitanas se parecen en que ambas son
esclavas. La esclavitud sí que es obra del diablo, y ustedes la mantienen en Cuba.
Juanito esbozó una sonrisa de superioridad. Con disimulada inocencia
en el tono de voz, exclamó:
− ¡Pero yo sólo hablaba de mujeres!... Aunque, ya que se lo toma así, le diré
que la esclavitud es a los criollos a quienes produce beneficios, no a los señoritos andaluces.
− Mis padres sí son criollos. Yo soy cubano.
Victoria miró a Agramonte
con exaltación.
− ¿Aún hay
esclavitud en Cuba?
− Ahora malviven allí doscientos mil esclavos, algunos
negreros todavía los
venden.
− ¿Doscientos mil…? – repitió incrédula Victoria.
− La ley ya no los llama "esclavos", pero no tienen iguales derechos que los
blancos. Las escuelas estatales no los admiten, los cafés, los teatros, los
bares, tampoco. Hasta los baños públicos los tienen prohibidos.
Los ojos del cubano derramaban pez negra, ardiente.
Con el arrebato,
su musical acento caribeño adquiría una entonación infantiloide que hacía
sonreír sardónicamente a Juanito.
− ¿Los baños públicos? Pues me parece bien,
los negros no se lavan. ¿No querrá
usted que dejen la mugre dentro?
La jueza Chivers observaba con preocupación el cariz que iban tomando las cosas.
Don Juan, por fin, estableció la posición oficial.
− A mi sobrino le gusta
discutir por discutir. Tenga usted la seguridad de que en la embajada española se contempla con respeto a Cuba, hija predilecta de la
Madre Patria. La esclavitud está
abolida desde hace cuatro años, el patronazgo
es para ayudar a una integración progresiva. La desaparición completa caerá como
fruta madura dentro de poco.
Don Juan miraba a Ignacio con firmeza, a Catalina con cierta ansiedad. Los ojos
de ella le apoyaban sin reservas: “muy bien, sigue, perfecto”. La jueza Chivers,
una de las pocas que hacía veinte años había defendido a Lincoln en un
Washington secesionista, lanzó un agudo “¡Bravo!” y apretó con sus dos manos el
brazo derecho de don Juan, zarandeándolo con vigor, como a un olivo para hacer
caer las aceitunas. Agramonte escuchó educadamente la declaración del embajador.
Sin hacer caso de la última provocación de Juanito, mirando sólo a Victoria,
siguió:
− Ni siquiera los blancos tenemos
libertad de expresión o asociación. El gobernador militar puede instruir un
juicio sumarísimo a cualquiera y fusilarlo al día siguiente.
− Creo que usted exagera el carácter represivo de nuestro gobernador
−
cortó brusco don Juan −. Los fusilamientos sólo se ejecutan contra quien ha
matado a alguien... o contra el implicado en acciones subversivas, como esconder armas para matar seres humanos. España y los Estados Unidos y todos
los países, aplican la pena máxima a los asesinos.
Hizo esta alusión mirando a la jueza. Don Juan quería rebajar el clima
emotivo contra España que en la audiencia femenina estaba creando Agramonte.
Éste, había que reconocerlo, tenía la virtud de convencer y emocionar, el fuego
oratorio.
− No hay tribunales independientes
− insistía Ignacio −,
los
fusilamientos dependen del avenate del gobernador de turno. La vida de los
ciudadanos no puede quedar al arbitrio de un hombre. ¡La lucha de los patriotas
cubanos es justa! ¡Sólo nos emociona nuestro destino!
Las piernas de Juanito no podían mantenerse quietas, las agitaba en
un taconeo incesante. Veía la cara de Victoria mirando a Ignacio y se le caía el
alma a los pies. Adiós, flores. Adiós, sonrisas. Adiós, Juanito. Esa era la
mirada que él quería ver sobre sí. Volcó en su garganta el resto de la copa de
coñac.
Cuando Agramonte terminó de hablar, el silencio sólo lo rompía el crepitar del
gas en la lámpara. La jueza miró a María do Cinta, vizcondesa de Nogueiras, y le
dijo:
− Creo que necesitamos uno de esos fados que usted canta.
La ministra
portuguesa nunca desaprovechaba una ocasión así. Un poco harta de
las trifulcas políticas de sus hermanos iberos, había asistido a la disputa con
aire distraído. Hasta que oyó la última palabra de Agramonte: “destino”. Se
acordó, entonces, de algún amor perdido, y sintió la necesidad de expresarse
musicalmente. Fue hacia el piano con aire a la vez modoso y pícaro, a pequeños
pasos. Sonriendo con sus grandes labios pintados, llamó a los jóvenes de la
escalera para que participaran en la audición. Juanito, de repente, se levantó;
con paso tambaleante, pero rápido, tomó la delantera a la portuguesa y se sentó
al piano; tenía la cara enrojecida, el cuello de almidón desabrochado, la
corbata deshecha. Comenzó con voz gangosa una de sus incomprensibles canciones.
De vez en cuando, podían discernirse palabras sueltas, como “cordera”, dicha con
irritación, o “caricia”, musitada con pena. El resto, se confundía con el
aporreo cacofónico sobre las teclas del piano. María do Cinta se acercó a él con buen humor, le cogió
por el brazo e intentó levantarlo del asiento. Juanito
se resistió. Entonces, la portuguesa emitió un do de pecho tan fuerte que el
joven y todos se despejaron de pronto. Había barrido la atmósfera cargada de
electricidad, como un rayo descarga la tensión en las nubes negras. Un do
autoritario que decía: "estos son mis poderes, callad, oíd". Juanito sí cedió
ahora. Sumiso, se alejó a un rincón, dejando el piano a María do Cinta. La nube
pálida de la melancolía del fado comenzó a hacer efecto en el joven, sentado en
la penumbra.
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