Capítulo II
Al entrar de nuevo en el despacho, Paco Bustamante le estaba esperando.
− Mire el artículo del Dr. Ingersoll en el World – dijo, entregándole un
periódico.
El embajador se colocó las gafas; por el tono de voz del segundo secretario supo
que se disponía a llevarse un mal rato.
“España fue la más grande de las potencias, poseedora de la mitad del mundo, y
ahora sólo
tiene...
Cuando terminó de leerlo, Don Juan miró a Paco con preocupación:
− Bueno…, una vez más la leyenda negra, las fantasías y exageraciones que
produce el odio. Lo que está claro es que si esto lo leen varios millones de
personas en esta nación, vamos a tener que andar escondiéndonos por los
rincones.
− Aunque debemos
reconocer que hay un fondo de verdad − observó Paco.
− Conforme, pero si a la verdad se la infla con la exageración, es peor que una
vulgar mentira.
− ¡Nos echan en cara que acabamos con los indios taínos en Cuba!
− exclamó Paco
−. Y ahora
pasan a bayoneta a ochocientos sioux en las llanuras de Dakota. Un
periódico de Minneapolis ha dado la noticia. Los de Nueva York callan como
tumbas. También ellos tienen su
leyenda roja. No sólo los
indios,
el trato bestial a los esclavos, las
atrocidades de la
guerra civil, el
pistolerismo
en los
territorios del
Oeste.
− A mí no me tienes que explicar eso
− contestó con cierta aspereza don Juan, como si
intuyera que Paco valoraba poco sus conocimientos históricos −. Ya sé que no
somos los más crueles, ni los más indolentes y supersticiosos. Cierto que antepasados
nuestros cometieron crímenes horribles, los mismos quizá que otros individuos de
otras potencias coloniales. Pero a las conquistas siempre va lo mejor dotado para la supervivencia,
que casi nunca coincide con lo más refinado de espíritu. En fin, creo que es
cosa de la especie, no de los españoles.
− Ayer fui a comprar carpetas − dijo Paco, conciliador −. Di las señas de la embajada para que nos las
enviaran. El dependiente y una señora que compraba allí me miraron con malos
ojos. Así todos los días. Estos bien alimentados yankis necesitan el picante de
Cuba que les inyecta la prensa para hacer bien la digestión.
Don Juan
rasgó la página del diario e hizo trizas el artículo de Ingersoll.
− Con tal
de que no nos trituren a nosotros...
¡Qué virulencia mostraba el
World contra él y contra España! Todos los
periódicos, excepto éste, le habían recibido de manera favorable, incluso
excesiva. El Star llegó a decir que era “handsome”, con unos hermosos ojos,
que no aparentaba tener más de cincuenta años. Al leerlo, una bandada de palomas
dulces, un tintineo jovial de cascabeles, se adueñó de su ánimo. Luego volvió a
la realidad: los halagos hay que paladearlos, no tragárselos. Este
Ingersoll
sonaba sincero, un librepensador mal informado, sin duda. Ya había oído hablar
de él como ateo militante que daba conferencias contra Dios a dólar la entrada.
Del World le dolió sobre todo el ataque personal. Lo que hace unos días publicó,
en un suelto anónimo, debía proceder de alguien de la carrera. Sospechaba del
abogado Foster, ahora embajador en Madrid. ¿De quién si no podía venir aquello
de que él era un “salonnier”, “un hombre perezoso y sin capacidad técnica para
los intrincados vericuetos de una negociación compleja?" Y lo peor, lo ofensivo
en grado máximo: que era conocido en la carrera por ser un “womanizer”, un
mujeriego.
¿Un mujeriego él, que hacía doce años que no se acostaba con Dolores, y no se había
buscado una amante, ni había ido una sola vez de putas para desahogarse? Nada de
aquellas buenas "prójimas" pecadoras que estuvo frecuentando y gozando desde los
dieciocho hasta los cuarenta y tres años en que se casó. De algunas se acordaba:
en Nápoles, La Cucurbita; en Lisboa, Antoñita La Gaditana; en Río de Janeiro,
Jeannete: "blanca y rubia, más limpia que el oro, las carnes frescas y apretadas,
las piernas como columnas de alabastro, romanista, dotada de una fuerza de
atracción y decontracción poderosas para sorber lo líquido y apretar y contener
lo sólido, con tan estupenda delicia que, aun dolido y enloquecido, me hacía
aullar y morder como si fuera un lobo". En Dresde, Frau Carola, con tetas "acerbe
et crude", y no pequeñas. Y la última en Madrid, antes de casarse: Leonor, con
quien le costó romper. En toda su vida, sólo dos novias: una de
Lisboa, la otra de Lucena. Pero tuvo que ir a casarse con la hija de su jefe en Río de Janeiro, don José Delavat.
¿No tienen los hombres memoria? ¿No hacen caso de los síntomas, de los avisos?
La conoció cuando niña, con unos siete años, y
entonces le pareció fea como el pecado. Su padre la llamaba “mi curiana”;
siempre estaba llorando, dando gritos; sólo se apaciguaba si una esclava le
rascaba la espalda. A su hermano Pepe, a diario le lanzaba coces y bocados. Y
eso lo vio él durante dos años que vivió en la misma casa. ¿Qué pasó trece años
después, cuando volvió a encontrarla en Biarritz?
Al regresar de Frankfurt y quedar cesante, fracasado
en su intento de ser diputado
por el distrito de
Cabra, se sintió solo, sin perspectivas, en una
edad en la
que de pronto cumples un año más y te descubres bajando la pendiente, empezando
a ser invisible para las mujeres. En aquellos días, después de volver de los
burdeles, del casino o del Ateneo, entraba en su casa, abría la puerta y no oía
nada, no le recibía nadie. Se acostaba en la cama fría y miraba al techo en
silencio. Marchito, agotado, muerto de alma, le pesaba la vida, le entraba miedo
a morirse allí solo como un perro abandonado. Volvía la vista atrás, veía su
juventud y los años pasados tan vacíos, tan inútiles; toda su existencia le
parecía un sueño estéril, una necia pesadilla que no ha tenido objeto, ni otro
resultado que el reúma, las canas, las arrugas y toda la miseria a la que olían sus noches.
Entonces apareció Dolorcitas. Él volvía de París, de visitar a su hermana
Sofía, pasó por Biarritz
y allí encontró a Dolores y a la madre veraneando. Don José había
muerto tres años antes, ellas vivían ahora en París. Descubrió a una joven bien hecha, de cara agradable, formas torneadas, juiciosa, con
una distinción y un gusto en el vestir que a él se le figuraba que tendrían que
corresponderse con semejantes prendas en el espíritu. Que fuera veintitrés
años más joven, a primera vista un riesgo, podía tener una serie de prácticos
alicientes: sin novios serios, virginidad asegurada; y además, le daría hijos,
le satisfaría en la cama, llevaría la casa, tendría energías para cuidarle de
mayor. Él podría dedicarse por entero a la literatura. Su
madre siempre le
aconsejó que se casara con alguien del pueblo, porque "aquí nos conocemos todos, y según
el horno, así el pan". Pues bien, hasta en eso le convenía Dolores: don José Delavat era
un santo varón, doña Isabel Areas, una brasileña de familia con postín
tropical. El hecho es que viajó de vuelta a Madrid y desde allí, por carta, le pidió a la
madre la mano de su hija. Doña Isabel respondió que sí, pero a Dolores eso de declararse a
distancia, por persona interpuesta, no le gustó. Tuvo que regresar a Biarritz después de
leer la contestación al discurso de ingreso de Cánovas en la Real Academia. Se
comportó entonces como un gomoso pretendiente: paseaba la calle, acechaba las salidas de
Dolores y a la hora del té entraba en la casa, pasando la tarde en pláticas
tiernas. Consideraba un buen augurio lo a gusto que se sentía charlando con su
novia; a pesar de la diferencia de edad, no surgía esa
distancia socarrona y enfriada con la que los mayores escuchan las ideas de los
jóvenes. Al no tener una pasión viva por Dolores, no le matarían sus desdenes,
si algún día los hubiere. Después de
Lucía Palladi, la llama nunca ardería por
nadie, el dolor no le vendría por nadie. Un embajador, además, si está soltero,
parece que representa menos. ¿Quién llevaría la vida social de las legaciones?
¿Quién le acompañaría en los miles de actos?
Se casaron en Saint Pierre Chaillot. A las dos semanas estaban en Madrid, en la casa de la calle
Costanilla. Pronto empezó Dolores a echar de menos París, a quejarse
de los criados, de la comida, de los muebles que faltaban, de la ropa fea que
había en las tiendas, de lo poco "comme il´faut" que eran las amistades de don
Juan; sobre todo, de que tenía que tocar su dote para poder comprar
al menos un vestido "chic" traído de París. Ella creía que después de casarse
iban a destinar a don Juan a una embajada de relumbrón y allí ejercer de "lionne",
pero las turbulencias políticas no lo permitieron, todo lo que consiguió fue una
dirección general. "El mismo día de la boda le debería haber enseñado los dientes
para convencerla de que conmigo no se jugaba. Así habría empezado por infundirle
primero miedo, luego respeto, y por último, amor; pues, al fin se ama a quien se
respeta y se teme". Pero uno se casa en una fecha. Mal que bien, con intervalos
de relativa paz, fueron viniendo los hijos: en cuatro años, primero los dos
varones, luego un aborto y por último Carmencita. Durante ese tiempo, las
discusiones fueron en aumento. La casa era un infierno, sobre todo si les
visitaba la suegra. Entonces, por las mañanas le despertaban los gritos de su
mujer y de doña Isabel que ya andaban riñendo, maldiciendo y peleando con los
domésticos. Durante los almuerzos, a raíz de cualquier fruslería, Dolores
comenzaba una cadena de reproches sordos que iban subiendo en rabia, en
irritación, hasta alturas insoportables, de tal forma que don Juan temía
que le acometiera una indigestión o un síncope. A veces, debía reprimirse para no
pegarle un par de bofetadas y detener en seco aquellos ataques furibundos.
En esas camorras, con voz de veneno, le tachaba de fedorento y cursi, de inútil,
de animal, de egoísta, de no servir para nada… de viejo. Después de nacer
Carmencita, Dolores decidió dormir sola. Él tuvo que abandonar el dormitorio y
arreglarse un camastro en su despacho. A partir de esto,
don Juan pensó seriamente en la separación. Varias veces se la propuso, pero entonces ella
caía en una especie de silencio infantil, se encerraba a llorar en su cuarto y
pasaba días enteros sin dirigirle la palabra. Al final − por piedad, por los hijos, por
evitar un escándalo ridículo − no tomaba una decisión y continuaba la
farsa.
Ahora en
América se contentaría con cierta tranquilidad, con un estoico no sufrir. Al
menos dejaría de soportar la presencia de su mujer, ya casi sin rostro, después
de tanto tiempo en que no la miraba directamente a la cara. ¿Sólo tranquilidad? Quizás
latiera escondido el deseo de algo más: la última llamarada. No podía despedirse
de la vida, él que había disfrutado tanto de las mujeres, con el mal sabor de alma
que le dejaba Dolores. Aún se creía capaz de despertar el fuego en alguien. Mantenía su
aspecto varonil, la
mirada..., y el pelo, aunque canoso, brillante y sano. Sin embargo, en la
poca vida social que había llevado hasta el momento, sólo encontraba damas pasadas de sazón o
impulsivas ninfas, hermosas y prometedoras, todavía con la pelusilla de la fruta
verde.
Pasaron bastantes días sin recibir invitaciones. Por fin, llegó una de Victoria Sackville−West, que incluía también a su sobrino Juanito.