Los periódicos se hacían eco de la visita de importantes hacendados cubanos al Secretario del Tesoro. Pedían que los Estados Unidos presionaran a España para que aboliera los aranceles de exportación del azúcar. Si Madrid consentía, dejaría de ingresar muchos millones en impuestos y los cubanos venderían, a cambio, mucho más. Pero eso no le convenía al gobierno español, con un presupuesto casi en bancarrota. Don Juan planteaba, por su parte, un nuevo tratado por el que concebía grandes esperanzas. En caso de que se aprobara, sería un triunfo personal y consolidaría su puesto en América. Durante las negociaciones, sostenía que la abundancia de dólares era tan grande en el presupuesto yanky - sin deudas, sin déficit -, que Washington podía permitirse el lujo de reducir sus tasas de importación del azúcar. Aunque dejara de ingresar algunos millones, esa rebaja enriquecería a los comerciantes americanos, a los consumidores... y al final, el beneficio repercutiría sobre el propio país. No era América, sino su Tesoro, el que dejaba de engrosar las arcas. España, sin embargo, era un país pobre, con una deuda de muchos millones de duros con Inglaterra y con la banca judía. Por todo lo cual, le resultaba imposible renunciar a los aranceles de exportación del azúcar. Sólo podía bajarlos un poco, algo simbólico, en señal de buena voluntad. Contaba don Juan con que Cleveland tenía un intenso disgusto por las tarifas proteccionistas, a las que consideraba propias de un estado paternalista, incompatible con su Estado mínimo, que sólo debía garantizar a los americanos economía, integridad y justicia, pero nada más. Don Juan empezaba a respetar al presidente: un hombre honesto que trabajaba hasta las tres de la mañana, que, sin dudarlo, suprimió las pensiones fraudulentas, las exenciones a los granjeros, los nombramientos partidistas para puestos públicos... Hacía poco, había forzado a los ferrocarriles a devolver ochenta y un millones de acres que se habían apropiado ilegalmente.