Deambulando por las calles, pasaron por la puerta de una sala de fiestas. Un cartelón anunciaba “Spanish Dancing. Carmencita La Coja”. Miraron el rótulo del local: “Niblo´s”. Juanito inició una serie de bostezos artificiales. “Estoy rendido. No quiero entrar ahí. Ya está bien por hoy”. La curiosidad de Paco pudo más, insistió: "Aquí hay españoles". Por fin, Juanito accedió, pensando en que si tomaba otra copa volvería a entonarse y dormiría bien. Entraron, vieron una barra sumergida en la oscuridad, un pequeño tablao con lamparitas de gas en el suelo, y al fondo, un patio andaluz artificial repleto de mesas. Olía a humo y a vino malo derramado. En el escenario, sobre una silla de enea, un mantón y una guitarra. Iba a empezar la última actuación. Se sentaron muy cerca, en la primera fila. Una camarera vestida de faralaes, con acento de Kentucky, les tomó nota de la bebida. Al rato, salió al escenario una muchacha vestida de gitana mirando con hastío y complicidad a los presentes. Dio una ojeada y en seguida descubrió a los de primera fila: delgados, morenos, gestos y miradas hispánicas, señoritos de postín, por fin un público como es debido. Aparecieron por la izquierda el cantaor y el guitarrista, recibiendo aplausos dispersos bajo una mirada de desprecio y desafío de la gitana. El cantaor, con cabeza de tocón de olivo, empezó a canturrear para coger el tono. El guitarrista atacó la introducción de las bulerías. Carmencita avanzó hacia el centro del tablao zapateando despacio; luego, desplegó los brazos hacia lo alto moviendo las caderas lenta y rítmicamente. No llegaría a los treinta años: la cara pálida, los labios gruesos, la melena negra como el carbón, una verruga en el labio superior y un rictus vengativo. Al taconear, levantaba el borde alunarado del vestido dejando ver, poco a poco, las piernas, las rodillas, el inicio de sus nalgas trémulas. El ritmo del zapateado aumentaba. Al final del repique, dio un suave tirón de la falda y enseñó, por un instante, el triángulo negro de sus bragas. Después, remató con una revolera, descubriendo las piernas enteras, rotundas, blancas de alcoba y suavidad. La mirada de La Coja se clavó, fogosa, en sus compatriotas. Juanito, inmóvil, sólo abría la boca. Se vengaba imaginando que Pepita, la madre de Victoria, era la que estaba allí, la que se contoneaba y ofrecía su cuerpo ante la chusma. Cuando La Coja dio el giro final, se quedó plantada con los brazos en alto, en actitud desafiante, mirando a los dos amigos. Paco se puso en pie, y soltó un "olé" educado, pero poco audible; Juanito se limitó a jugar con el vaso. Los yankis vociferaban, gritaban entusiasmados. La Coja hizo levantarse al cantaor para saludar. Éste, con el cigarro en la boca, se inclinó, hizo una ligera reverencia y salió del escenario. Carmencita bajó los peldaños, se dirigió hacia ellos.
− Paisanos, ¿de dónde sois?
− Andaluces − contestó Paco − y aburridos de tanta yanqui.
− Yo soy de Murcia − dijo Carmencita.
− ¿Por qué te llaman La Coja, si te mueves como una gacela? − preguntó, curioso y confianzudo, Paco.
− Precisamente... Mi abuela, cuando me veía bailar de pequeña, decía: “¡Coja que está la niña!”.
Paco la invitó a sentarse y le pidió una copa. Comenzaron a hablar animadamente. Carmencita les contó su vida. Con dieciséis años, ella y su prima se escaparon a Madrid. Bailaban en las calles. Las recogió el dueño de una taberna, que abusó de las dos y les abrió las puertas de un tablao famoso. Su prima había tenido un desengaño; para poner tierra por medio, aceptaron la oferta de un representante americano que las vio bailar en Madrid. Llevaba en Nueva York dos meses, con éxito, pero aburrida y harta de tanto rubio, y de no poder hablar más que con un camarero mejicano que le servía de intérprete. "Mi prima ya no baila, sólo bebe. Os cuento todo esto, porque sé que no os voy a ver más..., y porque la noche hace amigos". Carmencita tomaba whisky, "Esto sí me gusta de América". Paco la escuchaba con afecto, Juanito miraba con hostilidad el escote de la bailaora, que allí, en la penumbra, parecía más amenazante y turbador que en el escenario. El negro canal al que afluían sus pechos se ofrecía cercano, tentador; y el perfume de nardos, el humo del tabaco, el laberinto del alcohol... Juanito acercó su silla a la de Carmencita y le dijo: “¿Cuánto cobras?” Ella le miró con sorpresa, sin reaccionar. Miró también a Paco, que ajeno e inocente, no había oído nada. Volvió a mirar a su ofensor. Juanito esperaba la respuesta. Ella se rehízo y le contestó con humor: “Dos mil dólares, señorito”.
− Paco, déjame dos dólares, que es lo que pide esta puta por acostarme con ella.
Ahora no lo dudó Carmencita. Le pegó una bofetada rápida, rotunda, que cogió de lleno el carrillo derecho de Juanito. Él la miró con ojos incrédulos, se tambaleó en el taburete y acabó sentado en el suelo. La bailaora, de pie, en actitud defensiva, esperaba a que el agregado volviera a levantarse con la intención segura de sacudirle otra vez. Paco acudió a incorporarlo: “¿Qué haces loco? Estáte quieto. Estás borracho”.
− ¿Loco...? ¡ Esta tía puta provocándonos toda la noche y ahora se hace la santa ! Seguro que se abre de piernas con estos cochinos rubios. ¡ La voy a matar!
Paco se levantó, disculpándose ante Carmencita: “No le hagas caso. Está trastornado. Bebe demasiado.”
− Pues que insulte a su puta madre y me deje en paz a mí. Buenas noches caballeros.
Se retiró llena de furia. Juanito, ya en pie, pero todavía aturdido, trató de seguirla. Un negro gigantesco surgió entonces de las sombras, le cogió de una oreja y tirando hasta hacerle gritar como una animal, lo llevó hacia la puerta. Paco intentaba detener con buenas palabras al coloso, pero éste, sin inmutarse, seguía su camino. Una vez en la calle, soltó la oreja de Juanito y le dio una elástica y tremenda patada en el culo, al tiempo que exclamaba: ¡Bad boy!