No le  gustaban mucho las corridas, sí la expresividad de la gente, los pasodobles, el colorido, la anarquía de los graderíos. Una mentalidad escéptica, socarrona, encajaba mal con aquel desenfreno dionisiaco. Le divertía captar lo cómico, más que lo trágico, de las actividades fieras e infantiles de sus compatriotas. Había leído “El ente dilucidado” del padre Fuente de la Peña y “El gobierno general y político hallado en las fieras” del reverendo Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencia de los brutos. Según ellos, los animales no eran máquinas, sentían y padecían el dolor igual que nosotros. Le gustaban más las corridas portuguesas, donde el toro no sufría y los caballos danzaban con él en piruetas incruentas. Pero también consideraba como hipócritas redomados a los taurófobos, por no protestar del pugilato, de las peleas de  gallos, de la caza del zorro o de matar a una perdiz enamorada cuando acude al reclamo. Nunca olvidó la infame matanza del cerdo, antes de Navidad, en el patio empedrado del cortijo, cerca de las lagaretas: cómo Frasquito arrastraba al animal, cómo lo degollaba, cómo la sangre brotaba de la garganta acuchillada y caía en el lebrillo, donde la hija del casero la agitaba con un palo para que no se cuajase, tirándole del rabo al cochino mientras el animal daba estridentes, lastimeros, desgarradores gruñidos. ¿No sería posible valerse de cloroformo o de otro eficaz anestésico para realizar esa ejecución? Frasquito decía que no, que era necesario el sufrimiento para que estuvieran buenos los avíos. Acaso el dolor penetre en los átomos de la materia y los haga sabrosos, igual que cuando penetra en el espíritu lo purifica, lo acendra, le presta bondad y hermosura, merecimientos que nunca, sin ese sufrimiento, alcanzaría.