Una carrera que el vulgo reputa como propia de holgazanes, que los hombres prácticos califican de “luciente ociosidad”, sin quehacer positivo alguno. Una carrera a cuya meta se llega en España sin título académico, sin hacer servicio público; cualquier marmolillo joven que cae en gracia y tiene padrinos surge, como Júpiter de la cabeza de Minerva, improvisado de embajador, jurisconsulto u hombre de Estado. Arte decorativo y secundario. Ejercía la diplomacia porque, fracasado su intento político de ser diputado por Archidona, se había refugiado en ese oficio que, al fin y al cabo, cuadraba bien con su vida y sus aficiones. “Ahorqué la toga, quemé la golilla, y, aprovechándome de una buena coyuntura, me metí de patitas en el cuerpo exterior, donde con bailar bien la polca y comer pastel de foiegras está todo hecho”. 

        Cierto que un embajador debe ser un Proteo, un camaleón; tiene que acomodarse a toda clase de escenas, ser persona grata. Sobre todo, un actor; debe representar; es la manifestación corpórea, individual, de un Estado ante los ojos de una corte o gobierno extraños. No hay que llegar a lo que Ottaviano Maggi, en “De Legato”, en el siglo dieciséis, exigía del perfecto jefe de misión: “...debe ser teólogo, versado en Aristóteles y Platón, resolver asuntos en forma dialéctica, perito en matemáticas, arquitectura, música, física y derecho civil y canónico. Debía hablar y escribir latín corrientemente y ser asimismo versado en griego, español, francés, alemán y turco. Y, por encima de todo, ser de excelente familia, rico y dotado de una presencia física hermosa”. Catalina de Rusia los quería directamente “guapos y de buen cutis” y, si iban a Alemania, “con hígado”, capaces de ingerir sin peligro ni trastorno vastas cantidades de licores embriagantes. En la diplomacia, pues, luce quien es rico por su casa, como el duque de Osuna, su jefe en Petersburgo que, después de darle una recepción al zar, mandó arrojar la vajilla de plata al río Neva.