Me he despertado a media noche con sobresaltos, pensando que mi casa se desplomaba hasta el centro de la tierra en medio de una tormenta de pájaros negros. Ya de  día, sigo sufriendo sin tregua una desolación incurable. No puedo concebir el gozo ni el placer de habitar en la tierra. Alegría, júbilo, luz, afecto, amor, todas esas palabras carecen de sentido. Un cielo abstracto sobre una roca vacía, así es mi morada para la eternidad. El miedo, un miedo atroz, me oprime, me domina sin pausa y no me abandona nunca. ¿Dónde queda la justicia en todo esto? ¿Qué he hecho para merecer tal exceso de severidad? ¿Bajo qué forma me aplastará este miedo? ¡Cómo agradecería que alguien me liberara de la vida! Comer, beber, estar despierta toda la noche, sufrir sin interrupción, ¡ésta es la herencia recibida de mi madre! Lo que no llego a entender es ese abuso de poder. Nacida como un hongo, entre un anochecer y una madrugada.

          Es como si viviese en otro siglo. Lo veo todo a través de una nube, he cambiado y las cosas ya no son lo que eran. Las personas se mueven como sombras y el sonido parece provenir de un mundo lejano. Para mí ya no existe el pasado, la gente me resulta extraña, es como si no pudiese ver realidad alguna, como si estuviese en el teatro, como si las personas fuesen los actores y todo lo demás el escenario. Ya no me encuentro a mí misma. Camino, pero ¿por qué? Flota todo ante mí, aunque no deja ninguna impresión. Lloro con falsas lágrimas, tengo manos irreales, lo que veo no es real. Todo es una carga, la tierra parece maldita y, bajo el peso de la maldición, árboles, plantas, piedras, montañas y valles aparecen condenados a quejas y lamentos. Miro a mi perro con envidia, deseando de todo corazón estar en su lugar, no tener alma que perder.

          Ayer entré en el vestidor para buscar algo. De repente, sin previo aviso, cayó sobre mí, como si surgiese de la oscuridad, un miedo horrible, mucho más concreto. Apareció la imagen de una mujer de cabellos negros y piel grisácea, completamente idiota, sentada en un banco, con las rodillas pegadas a la barbilla, vestida sólo con una sucia camiseta que estiraba sobre las piernas para envolver toda su figura. Se sentaba como un gato egipcio, sólo movía los ojos negros, con una mirada nada humana. Yo soy así potencialmente, pensé. Nada de cuanto poseo me puede preservar de este hado, si llegase mi hora como llegó para esta mujer. Sentí horror de ser como ella y tuve la sensación de que era distinta sólo por una diferencia momentánea. Fue como si algo, hasta ahora sólido dentro de mi pecho, se hubiese roto y convertido en una masa temblorosa de miedo.